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domingo, 8 de abril de 2012

Sombra.

Era la misma hora de siempre..., el mismo lugar al que solíamos ir, nos gustaba ver como los últimos rayos del sol se ocultaban en el horizonte. Era maravilloso ver como el cielo y el mar parecían arder, era como si el sol se negara a irse y lo incendiara todo a su alrededor, con furia, con rabia, para luego morir apagándose en el mar.
Cada día lo mismo, cada atardecer, el mismo fuego intenso, la misma tensión, la misma lucha y luego... silencio,.... un silencio inmenso, una emoción contenida y nos quedábamos allí, expectantes...
 Siempre éramos los mismos y siempre nos sorprendía aquella sensación de muerte.
Por la mañana estaríamos también allí, para ver nacer el día, para ver el sol resurgir triunfante, venciendo a las tinieblas y la oscuridad de la noche, iluminando el mundo y llenando de vida todo lo que sus rayos tocan.
Siempre igual, muerte y resurrección, principio y fin, cada día íbamos allí a verlo morir... y cada día volvíamos para verlo renacer, como un ave fénix que resurge de sus cenizas,... como una esperanza...
Cada noche, cuando todos se iban yo me quedaba allí, sentada en la orilla, con la vista fija en el mar, sintiendo la brisa acariciar mi cara, oyendo el rugido del océano, que me traía voces viejas y lejanas, voces que atravesaban la tela del tiempo, para llegar a mi como jirones que se prendían en mi pelo y se metían por mis oídos, escuchando el murmullo de las olas y el sonido de estas al romperse en la orilla. Y cada noche, como siempre, fiel a la cita, aquella sombra venía a sentarse conmigo. No se acercaba, se sentaba algo alejada de mi y yo notaba como me observaba, en silencio. No me daba miedo, sabía que era y de donde procedía, había venido de mis sueños, un día había salido de ellos, parecía tener vida propia, su propio criterio, pero siempre acudía a nuestra cita silenciosa, se sentaba y me observaba. Yo ansiaba el día en que se acercara y rompiera ese silencio, en que dejara de ser una sombra y tuviera cuerpo real, sabía que ese día llegaría...

Luz_Azul.

sábado, 4 de diciembre de 2010

EL AGOBIO Y EL SENTIDO DEL HUMOR.

El agobio andaba acarreando bultos de un lado para otro. Se le veía enfurruñado y tenía mal color. Estaba rojo de ira y tenía la tensión muy alta. Jamás se sentaba, ni cruzaba una palabra con nadie. El sentido del humor, que estaba tumbado al sol poniéndose como un cangrejo, llevaba días observándolo con aprensión. No podía soportar tanta seriedad sin objeto. Sabía que el agobio no lo escucharía y que jamás aceptaría a tomarse un té con limón con él. El sentido del humor, que no solía medir los resultados de sus acciones, decidió ponerle la zancadilla para detenerlo en su camino. El agobio tropezó con su pie burlón y arrojó su carga de problemas, los asuntos que nunca se resolverían y las dudas sin sentido. Se levantó furioso y amenazó con el puño en alto al sentido del humor que, vistas las circunstancias, se puso a disimular. Decidió no pararse ni un momento: tenía demasiados líos en qué pensar. Cambió de rumbo para no tener que ver nunca más al sentido del humor y siguió con sus bultos de un lado para otro. Desde entonces no se han vuelto a ver. 


http://www.islabahia.com/autores/anabel/relatos/cuentoscortos2.htm